¿Revaluar el peso? (primera parte)

Por Hugo José Monasterio desde Bariloche (*): En la Argentina a nadie escapa el hecho de que el gobierno promueve exactamente lo contrario

1/1/2008

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¿Revaluar el peso? (primera parte)

Es preciso señalar que actualmente diversos países están optando por revaluar sus respectivos signos monetarios. Es decir, se encuentran embarcados en un proceso de “apreciación del dinero propio”. Como consecuencia de ello, el dólar pasa a ser más barato para sus ciudadanos, que ahora deben desprenderse de menores cantidades de moneda nacional si deciden comprar divisas. En la Argentina, en cambio, a nadie escapa el hecho de que el gobierno promueve exactamente lo contrario; es decir, mantener al dólar en un alto valor. Con esta apuesta (cuyo diseño es más político que económico), Kirchner busca apuntalar su proyecto de país industrializado, tal que se traduzca en una fuerte sustitución de importaciones por el consumo de productos locales. Sin embargo, varios economistas conservadores replican que la verdadera razón por la que se defiende al dólar caro, no es otra que evitar la caída de los ingresos por retenciones fiscales sobre las exportaciones.

Ante dicha polémica, es bueno mencionar que, con el paso de los años, fue modificándose el eje de los debates internacionales sobre políticas monetarias y cambiarias. Ello está fuertemente ligado a los hechos y experiencias vividas por naciones como Méjico, Brasil, Rusia, China. En ese sentido, lo que actualmente se discute guarda poca relación con las agendas de la década pasada. Recordemos que por aquella época, mientras nuestro país se aferraba a la convertibilidad, la dolarización era una opción muy considerada en varios países latinoamericanos (Panamá, Perú, Ecuador, El Salvador e, incluso, Colombia). Al respecto, las discusiones giraban alrededor de cuatro posibilidades: 1) aplicar un régimen cambiario en el que la cotización del dólar sólo pueda oscilar entre un límite superior y un “piso”; 2) dejar que su valor “flote” libremente en el mercado; 3) anclar el cambio a una paridad oficial (como fue nuestro caso); 4) ir directamente a la dolarización integral de las economías locales (quienes defendían esta última alternativa, señalaban que –como bien vimos después- la convertibilidad no anula los riesgos de un probable embate especulativo, interno o externo, contra la moneda nacional). Hoy la tercera y cuarta opción no son tenidas en cuenta. De hecho, muchos economistas que en aquellos momentos veían a la dolarización como el camino para salir de una crisis terminal (Stanley Fischer, Avila, Poy), ya han abandonado esa postura. Por el contrario, en estos tiempos se habla de des-dolarizar a la economía en todo cuanto sea posible.

En ese contexto, tras pesificar créditos y deudas, nuestro gobierno optó por apoyarse en un trípode técnico-conceptual: dólar alto, superávits gemelos y acumulación de reservas. Al respecto, este esquema ha sido muy exitoso para remontar aquella pavorosa crisis que nos azotó tiempo atrás. Pero llegó a un punto en el que no consigue doblegar las tensiones inflacionarias (causadas por el propio hecho de que los precios internos no terminan de acomodarse) ni disimular las distorsiones que sufren determinados valores (concretamente, las tarifas de los servicios públicos).

Ahora bien, esa férrea decisión de defender la cuasi-paridad oficial terminó generando una particular paradoja: hoy la Argentina se encuentra en mejores condiciones que en los años 90 para sostener un dólar de valor fijo. ¿Por qué? Porque la convertibilidad menemista dependía fuertemente del ingreso de capitales internacionales para poder respaldar nuestra base monetaria; y hacia allí apuntó Cavallo: quien personalmente controlaba que en todo momento el Banco Central contara con suficientes “activos brutos externos” para cumplir esa misión. Pero, claro está, lo logró a costa de endeudar al país en una forma temeraria. Actualmente, en cambio, los “activos netos internos” bastan por sí mismos para proporcionar dicho respaldo. En otras palabras, la gran acumulación de reservas nos permite contar con lo que el argot financiero internacional denomina “moneda consolidada”. Y, de hecho, estamos frente a una nueva “convertibilidad” (mucho más protegida que la anterior); sólo que ya no se trata de aquel ilusorio “1 a 1”, sino de un “3 a 1” que Kirchner defenderá hasta el último día de su gestión.

¿Es correcta esta tesitura en momentos en que otros países apuntan al camino opuesto y promueven que sus monedas aumenten de valor frente al dólar? En todo caso, ¿por qué lo hacen? La razón es que se ven “apretados” por un contexto mundial fuertemente expansivo: la economía norteamericana aprieta el acelerador para revertir su caída del semestre anterior, las grandes naciones orientales (China e India) prolongan el auge del último quinquenio, los países del sudeste asiático (Indonesia, Tailandia, Corea del Sur) viven una importante recuperación productiva. Todos quieren ganar mercados; pero el comercio internacional conlleva una obligación ineludible: si quieren vender, también deben comprar. Y para comprar, necesitan que el dólar no esté excesivamente caro; entonces, revalúan. Es por este camino que las transacciones comerciales han ido adquiriendo una dinámica cada vez mayor (que, además, explica los apreciables excedentes netos que hoy muestra América Latina). Frente a todo ello, ¿los argentinos estamos fuera de sintonía manteniendo un dólar tan caro?. (Continuará)
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(*) Director del Centro de Estudios Regionales de Universidad FASTA


 

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